Julius Montdevin nació en Toulouse, Francia, a
finales del siglo XV. Fue astrólogo y científico, boticario y médico de
renombre. Venerado por entusiastas de lo oculto y malquisto por los académicos
—que consideraban sus profecías una farsa—, Julius oscilaba entre el mundo de la
intuición y el de la razón. En 1512, tras publicar su último manuscrito, creó un brebaje que le permitiría vivir hasta constatar la veracidad de todos sus vaticinios. A lo largo de quinientos años fue testigo mudo de los
grandes acontecimientos de la historia, que unas veces coincidían con sus
predicciones y otras no.
Esta noche, Julius se encuentra visiblemente
desmejorado, pálido y ojeroso. Ya no le queda poción. Su última profecía, la
que alude al fin del mundo, tendrá lugar en solo unas horas. Y no puede fallar. Está en
juego la poca credibilidad que aún le queda. Por eso, ante la duda, se ha
provisto de una buena cantidad de ojivas nucleares.
Este texto participa en la iniciativa
Si queréis leer más cuentos apocalípticos,