Cuando al fin logré zafarme de
su mano, corrí desesperada por aquella sucesión de pasillos y escaleras que no
llevaba a ninguna parte. Tras forcejar todas las puertas que hallé en mi camino,
la de la azotea fue la única que se abrió. Toda la ciudad se desplegó ante mí,
también ella ensombrecida y llorosa. Parecía invitarme a dar el siguiente paso
y yo no quise quedarme atrás; pero entonces su mano (siempre ahí, maldita sea) volvió
a sujetarme con fuerza.

Me gustó mucho Sara.
ResponderEliminarBesos desde el aire
Gracias, Rosa.
EliminarUn abrazo.
Acabo de leearlo en "Viernes creativos" y meha gustado mucho Sara.
ResponderEliminarBesicos muchos.
Gracias, Nani. Ahora me pasaré por allí para leeros a todos.
EliminarUn abrazo.
Me sorprendiste :)
ResponderEliminarElla lo ve todo sombrío y a través de sus lágrimas, pero hay una mano que la quiere convencer de que es posible otra mirada...
Muy bueno, Sara.
Un abrazo
Esa mano que siempre está ahí para ayudarla, cuidarla, y no permitir que se haga daño, a pesar de que ella no lo vea así (como dices, lo ve todo negro)
EliminarGracias, Ximo. Un abrazo.
Siempre tenemos una mano que nos rescata, solo que a veces no sabemos ver.
ResponderEliminarUn placer conocerte, con tu permiso me quedo!!!
Cariños....
Hola Oriana. Bienvenida. Muchas gracias por tu comentario.
EliminarUn saludo.
Brillante. ¡Qué final! Ideal...
ResponderEliminar¡Saludos!
Gracias, Juan.
EliminarUn abrazo.
Me deja con la duda de si él era bueno o malo. Las dos visiones me cuadran. Me gustó.
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