Construida en secreto por
los monjes del primer reino, el arca de las bestias había sobrevivido a la ira
devastadora de los dioses. Después de cuarenta interminables jornadas de fuego
y lluvia, había quedado varada en lo alto del monte Mu. Según decían, aún
albergaba vida en su interior. Seres fabulosos tan temidos —y venerados a la
vez— que fueron condenados a salvarse solo uno por especie. Lejos de producirse
su extinción, como cabría suponer, las bestias dispares habían congeniado bien
entre ellas. Tal era el caso del corcel de fuego y la sirena, el dragón alado y
la naga marina, el ave de trueno y la sílfide…
La intrépida princesa Aiko
—quien había emprendido una larga y peligrosa travesía hacia ese mítico
enclave—, sería la primera persona en confirmar la veracidad de esta leyenda al
regresar, algunos años después, volando a lomos de su hijo.
Este microrrelato ha sido publicado en el número XVII de la Revista Periplo,
junto a cuatro ilustraciones mías (esta es una de ellas). El tema era: Bestiarios.
Para los que no os pasasteis a leer la publicación, os dejo el texto aquí.