Solo los recuerdos más significativos perduran en el
tiempo, los otros se deshacen en el mismo instante en que lo ocurrido pierde su
relevancia. Justo ahí, casi solapándose, aparece una nueva vivencia que resulta
ser otra inexorable víctima del ahora, del eterno ahora. Por ejemplo, en este
momento estoy en la oficina aburrido mordiendo un láp… Es la hora de sali…
Estoy afuer... Saludo al del kios… ¡Esa que va por la acera de enfrente es Raquel,
la del Instit…! Corro al paso de peat… Intermitente. Empiezo a cruz... Se pone
en roj… Un coche acelera y me atrope…
Lo que
sucedió aquella tarde vuelve a mi mente una y otra vez. El semáforo en rojo y
yo allí, en medio del paso de cebra; el coche que no frena; mi cuerpo quebrado
y sangrante en el suelo; el cerco de curiosos y entre ellos, Raquel; su grito
entrecortado, mi nombre en su voz, su mano en la mía. Ella me había reconocido.
Después de tanto tiempo, todavía me recordaba.