María coleccionaba caracolas; tenía cientos
de ellas de diversas formas y colores. Un día, mientras
paseaba mirando al suelo por la playa, un señor de pelo ceniciento y piel
curtida de sal le ofreció una caracola enorme —tan grande como una barca— que
María no dudó en trocar por cien conchas pequeñitas, recogidas en las arenas de
su niñez.
A la mañana siguiente se
repitió el encuentro entre ambos coleccionistas. La mujer se hizo con un
exótico ejemplar que atesoraba en su interior un sonido furtivo y misterioso,
capaz de guiar hacia mares lejanos incluso al marinero más inexperto; a cambio
debió entregar las caracolas que había ido juntando durante su juventud en esas
playas, las únicas que conocía, las de su pueblo.
La foto es obra de Carmen M. Marín (Cabopá)















